miércoles, 7 de marzo de 2012

Anhelo Desde La Oscuridad - Capítulo Décimo Segundo:






 “Mi alma es suya”

—Bueno…bueno…bueno…¿mira quién llegó? —dijo Jacob Black abriendo los brazos teatralmente y señalándose él mismo luego. Su mirada era de abierto desprecio y traía consigo la promesa de una confrontación.
Y que me jodieran si yo no estaba dispuesto a darle el gusto…Isabella pasó por delante de él para plantarme frente con una frialdad apabullante en sus divinas facciones de alabastro.
Entrecerró los ojos para enfatizar su desagrado por mi presencia en medio del salón de estar de la casa de Carlisle.
—¿Cómo pudiste hacerle eso? —le señaló con un asentimiento— ¿Cómo es posible que te creas un dios para andar dando y quitando vidas? ¡¿Cómo?!
—Bella, déjame…
—¡No! ¡No te dejo nada! escúchame bien, Edward Cullen, porque es la única vez que te lo voy a decir. Aléjate de mí —pareció titubear durante una milésima de segundo luego inhaló con fuerza y habló con determinación—. No te quiero cerca ni siquiera de Forks. Lárgate a New Hampshire y no vuelvas más…o mejor aún vete a un lugar en donde tu maldad no pueda alcanzar a nadie. Púdrete en tu soledad. La que por cierto tienes bien merecida.
Algo que reconocí como dolor se me clavó en el pecho lacerándome con el látigo de la jodida justicia divina. Si…si…se suponía que estaba recibiendo lo que me merecía por mis acciones pero…mierda…¡dolía demasiado!
—¿Ya terminaste? —le hablé entre dientes.
—Estoy lejos de terminar, pero si sigo; lo más seguro es que pierda el respeto que tienen justo ahora los presentes para conmigo. Saca cuentas.
—¿Y crees que éste te respeta? —le señalé al maldito bastardo con la nariz—. Pues lo único que yo creo, es que vino a camelarte para meterte en su cama.
Jacob Black me siseó en advertencia pero un gruñido animal brotó de mi pecho en lugar de cualquier respuesta y lo hizo retroceder. Sentí una mano que me presiono el pecho. Era Carlisle y trataba de evitar lo inevitable…una confrontación entre ese cabrón y yo.
—Me está buscando… —le dije al que solía ser como un padre para mí pero con la mirada rabiosa sobre el bastardo que había hecho de Lázaro y ahora estaba parado en el medio de la casa de los Cullen.
—Y te quiero encontrar… —me siseó el muy infeliz.
—¡Ya basta! —dijo Isabella al tiempo que se colocaba en medio de él y de mí pero en clara postura de protección a él; lo cual hizo que un fuego me recorriera entero en busca de venganza—. Tú eres la víctima en todo esto…no hace falta que te degrades a ti mismo a su nivel.
Cuando se refirió a mí ni siquiera se volteó a verme y supongo que el aguijonazo de dolor que me atenazó debió ser visto por Black porque me sonrió con satisfacción al oír sus palabras.
—Tienes razón. No vale la pena —la abrazó por la cintura para provocarme pero lo que él ignoraba es que nada podía moverme de mi sitio. No sin antes partirme a la mitad, como sentía que estaba roto en ese momento.
Me erguí en mi sitio y caminé hacia la puerta con el poco orgullo que me quedaba, al menos eso a tener que arrastrarme. Pero la voz de Isabella me detuvo de nuevo.
—Te dejaron esto… —me tiró al suelo un blazer de D&G que se parecía muchísimo a uno que tenía en casa. Era negro azulado y recordaba bien que solo lo había usado unas dos veces. Su expresión era de asco al hablar— Dijo que se te había quedado en su casa y que ya no desea ser tu compañera. Esa pobre…
Dijo con voz apesadumbrada. La ira era demasiada para poder siquiera atacar a alguien. Mentiras…le habían dicho mentiras acerca de mí y ella las había creído. Sí era un bastardo egoísta, y sí había sido un loco obsesivo y muy amoral por  acosar a Bella cuando era humana, pero me estaban acusando de mierdas que no había cometido. Y quizás esta era la primera de muchas que se habían inventado mientras que yo llegaba.
¿En dónde estaría la maldita Tanya?
Agucé mis sentidos pero por más que lo intenté no pude localizarla.
—No importa cuánto la busques, la pobre de Tanya se fue lejos de aquí con un terror inmenso de que fueses en su búsqueda y acabaras con ella —otra vez con lo de pobrecita Tanya…pobrecita Tanya…¡arrrg! Isabella me estaba demostrando que era demasiado inocente para su propio bien, la estaban embaucando y ella no se daba cuenta.
—Yo no soy su compañero…
—¡Oh por Dios! Ella dijo que dirías eso.
—¡Porque es la verdad!
—¡No lo es! ¿Cómo puedes ser tan bajo? Eres capaz de pisar a tu propia compañera.
—¿Si es mi compañera hasta ahora, en donde estuvo los meses que estuve contigo?
—Escondida por ti…
Solté una carcajada siniestra y exasperada.
—Claro, Isabella. Y la tenía en una cantera picando piedras con niños abducidos del Congo, lo cuales también tengo esclavizados —caminé hacia la puerta sin importarme una mierda lo que dejaba tras de mí. Solo dejaba a quien se había convertido en el centro de mi maldita existencia ¿Pero de que mierdas me valía tenerla a mi lado si no me quería? ¿De rehén? A pesar de recordar con claridad que me valía un bledo si quería estar conmigo, en ese momento si importó. No la quería a mi lado como una esclava sexual, la necesitaba como la compañera que yo esperaba que fuese para mí.
El corazón casi muerto se constriñó de dolor, y a pesar de eso me giré solo lo necesario para verla a los ojos.
—Solo mira si encima del bolsillo interno están bordadas la E y la C. Así distinguirás si es mía o no esa mierda.
Me despedí de la señora Esme con un asentimiento mientras ella me veía con melancolía en la mirada. Me negué rotundamente a leer su mente. Lo último que necesitaba era conmiserarme de mí mismo en ese preciso instante.
Sabía que Jacob estaba pensando con nerviosismo si ella creería eso y lo que ella pensaba al respecto…
Bueno…no podía saberlo…y la verdad era que tampoco quería. Ya daba igual, nuestros caminos habían sido separados.
Por ella. Por él. Y por el mismísimo universo.


********

Una de las particularidades de la inmortalidad es que te aburrías con suma facilidad de estar en un mismo sitio haciendo absolutamente nada. Pero en ese momento ese principio no se me aplicó a mí, que llevaba más de hora y media tirado en el mullido sofá tapizado en piel de durazno color verde botella de Jasper. Tenía las piernas cruzadas encima de la mesa de centro pero estaba lejos de estar cómodo y no era que el jodido mueble o la posición me molestasen en algo; en lo absoluto…—se notaba que mi socio se había gastado una buena pasta comprando algo que parecía más una cama que un sofá— lo que en realidad me impedía estar a gusto era lo mismo que evitaba que el alivio del aburrimiento me embargara.
Ver las facciones de Isabella al mirarme con repulsión, decepción y frialdad; era algo para lo que definitivamente no me había preparado a encarar. Había pensado estúpidamente que podría arreglar las cosas con un simple lo siento. Pero claro, ni siquiera había dicho eso, me había limitado a soltarle mi mierda de Oh – mira – cuán – malo – soy, y luego a follar a tope.
Si…excelente manera de retomar una relación.
—¿Ya vas a salir de tu ensimismamiento o llamo al director de The Walking Dead para que aproveche la cara que tienes ahora? – bromeó Jasper sentándose frente a mí en una cómoda tapizada como el sofá.
—Si no fuese tu casa de seguro ya te hubiese mandado a la mierda.
—Pero lo estás.
—¿Y por qué crees que no te he pateado todavía?
Él sonrió pero yo no pude seguirle los pasos. No cuando Bella estaba a menos quince kilómetros de distancia de mí creyendo cualquier cantidad de mentiras que le estuviese diciendo el bastardo – inmortal – gracias – a – míde Jacob Black. Él cual obviamente estaba confabulado con Tanya para tocarme las pelotas y quizás hacer que le arranque la jodida cabeza de ese cuello suyo.
Muy tentador.
—Sé lo que estás pensando y eso no te va a ayudar en nada.
—¿No era yo el que leía las mentes? —agregué con sarcasmo mientras me estrujaba el cabello.
Negó.
—Puedo percibir la maldad que emana de ti, y sé que cuando te da por “imaginarte” esas cosas no terminan siendo una guerra de globos con agua simplemente. ¿Qué planeas? —no era una mera pregunta sino orden explícita.
—No planeaba. Solo imaginaba lo dulce que sería acabar con “el resucitado”.
—Reconozco que él no me agrada mucho. Bueno…en realidad no me agrada en lo absoluto; pero no creo que asesinarlo sea la solución a tus problemas. De hecho, solo los empeoraría. Bella te haría responsable automáticamente después de que desapareciera. Noooo —dijo negando insistentemente con su cabeza— no me mires así; sabes que tengo razón en lo que te estoy diciendo.
¡Carajo! Odiaba tener que dar mi brazo a torcer.
—No sé qué hacer. No tengo ni puta idea de qué hacer después de despegar mi trasero de este sofá —reconocí—. Si abro la boca para decir algo no hago más que cagarla con Isabella. ¿En qué momento me volví tan pusilánime?
Me atrapé la cabeza con las manos… ¿Qué iba a hacer con esta existencia tan…miserable? ¿Esto iba a doler para siempre? ¿Si me sacaba el corazón pasaría definitivamente al “País de los acostados”?
—Te seré mortalmente sincero, aún a expensas de que me quieras arrancar la cabeza del cuello o que me despidas. ¡La has cagado, macho! Has estado tan encerrado en ti mismo y en lo que deseas que cuando encontraste a esa persona que pudo haberte hecho sentir vivo, decidiste ir a por ella como un cazador, en vez de cómo un conquistador…No, no suspires con cansancio, porque apenas comienzo. Debiste haberte acercado a ella como lo haría cualquiera y ganártela, a lo mejor y ella misma hubiese tomado la decisión de que la transformaras, pero bueno… a lo hecho, pecho. Lo que sí es difícil de perdonarte es tu manera de dirigirte a ella, Bella no es un puente de escape de tu soledad; ella bien podría ser quien la elimine de tu existencia si hicieses las cosas bien.
—No sabes lo que he hablado con ella —me había golpeado bajo con eso. Estaba dándome en la torre con ese discurso de Te – has – comportado – como – una – basura, y le estaba funcionando a la perfección. Antes, los remordimientos revoloteaban a mí alrededor pero no lograban traspasarme, pero ahora; después de haber conocido y haber estado con Isabella; me aplastaban cada tanto y con más fuerza con cada embestida. Sabía que debía cambiar mi narcisismo si quería recuperarla, pero oírlo de alguien que me conocía bien, era casi demasiado duro como para tolerarlo sin más.
—¡No hace falta! ¿Acaso le has pedido perdón por lo que le dijiste cuando se escapó de tu casa?
—No.
—¿Por transformarla en contra de su voluntad?
—No
—¿Y por tratarla como un objeto?
—Tampoco.
Colocó una sonrisa de tipo cabrón sabelotodo que me irritó más. Aun así tuve que aguantarla. Jasper no me estaba diciendo más que la verdad.
—¿Y tú punto es…?
Miró hacia el techo con exasperación.
—Edward, ¡uno más uno son dos! ¡Tienes que recuperarla! Pero hasta ahora no has hecho nadie bien. Comienza a mostrar humildad en vez de soberbia cuando te acerques a ella, dale espacio por unos días para que se calme y luego intentas dar un paso a la vez. Conquístala de a poco.
Me enderecé en el  mueble y posé los codos en las rodillas.
—¿Te has hecho un experto en mujeres mientras trabajabas para mí a distancia?
—Puede ser —de pronto una imagen pasó por su mente y lo supe todo.
—¡Estás saliendo con Alice! La recién adoptada por Carlisle —agregué con una sonrisa de estupefacción.
—No es nueva, tienen más de diez años con él —objetó y no pareció que le gustase que estuviese conteniendo la risa—. ¡No te burles!
—¡No lo hago! —levanté las manos en muestra de inocencia— Me río solo porque me parece extraño verte paseando por las calles de Port Angeles con ella. Solo les falta el helado de cucurucho para completar la escena cursi.
No me extrañó en absoluto ver que un cojín volaba en dirección a mi cara.
—¡Sal de mi mente! —se tomó un segundo para respirar con tranquilidad y me miró más sosegado—. Estábamos hablando de ti.
Asentí.
—Y por primera vez en mi jodida vida te haré caso. Ya no tengo nada que perder.
Resulta que después de todo yo no era el único sorprendido con mi nueva actitud.

********

—¿Qué haces aquí?
—¿Puedo pasar?
Asentí receloso y dejé pasar a Carlisle a la casa de Jasper quien en aquel momento no se encontraba allí. Había salido de cacería con Alice, a pesar de que afuera caía una lluvia torrencial. De hecho, el cabello de Carlisle estaba goteando por su frente y su ropa estaba un tanto húmeda.
—Toma asiento —le señalé el sofá.
—Estoy húmedo.
—El mueble no es mío —bromeé—. En realidad no creo que a mi socio le moleste. Es solo un poco de agua.
Me hizo caso y al momento los dos estábamos sentados uno frente a otro como Hale y yo habíamos estado hacía tres días atrás.
—Tú dirás… —comencé— ¿Qué te trae por acá?
Se puso tenso en su sitio y su mirada se volvió cauta al instante.
—¿Te molesta que haya venido?
—No, pero si me extraña —solté sin más ni más.
—¡Oh! Está bien.
Silencio.
Parecía que cada encuentro con Carlisle iba a estar incompleto sin un poco de ese jodido silencio que te hace voltear al techo a ver si encuentras manchas o pelusas que contar mientras que el otro saca algún punto de conversación.
—¿Cómo has estado? —me preguntó finalmente.
—Existiendo. Sí, eso lo define bien.
—Echas de menos a Isabella ¿cierto? —¡Joder! ¿Es que acaso era un maldito libro abierto o sería que mis pensamientos eran como una pantalla en mi frente y no lo había notado?
Asentí, no tenía sentido negarlo, además ¿no intentaba acaso ser unNuevo Edward y esas mierdas llenas de bondad? Bueno…tendría que ser un paso a la vez, por lo visto.
—¿Y por qué no has ido a verla?
—No sé si te percataste de que la última vez que nos vimos me dio expresas órdenes que me alejase de ella y hasta de Forks.
—¿Le piensas hacer caso a rajatabla?
—Oh, no. Pero le estoy dando tiempo a que se tranquilice un poco. Tal vez luego poder hablar con ella…
—Mientras que Jacob te la gana.
Hay momentos en la vida en la que sientes que un simple comentario te golpeaba en la cara como un puñetazo, pero en ese instante parecía como si tuviese al jodido Pacquiao* dándome en las tripas una y otra vez.
—No me la va ganar nadie —sentencié entre dientes, más para mí que para él. Luego lo vi con confusión—. Pero ¿a ti que más te da? ¿No me dijiste acaso que no obligarías a Bella a volver conmigo? ¿Qué pretendes ahora?
Carlisle en su acostumbrado temple elegante me dirigió una mirada conciliadora antes de decir algo.
—No pretendo nada, Edward y claro que te dije que no la obligaría a hacer algo que no quiere. Aún lo mantengo, pero veo que ambos sienten algo por el otro, aunque se empeñen en negarlo —enfatizó la última parte y abrió un poco los ojos al decirla.
—Quizás.
—¿Quizás? ¿Te parece a ti que “quizás” estuviste a punto de arrancarle la cabeza a Jacob hace tres días atrás? ¿O que “quizás” te dolió que ella se hubiese puesto de parte de Tanya y de él? —apreté mis puños con fuerza  y eso no le pasó desapercibido— ¿Ves? Sientes algo por ella, no lo puedes negar. E Isabella…
—Bella —le corregí.
—Bueno, Bella…ella se quedó cetrina luego de que te fuiste. Su mirada era más triste incluso que cuando la conocí.
Me apreté el puente de la nariz con frustración. “…más triste incluso que cuando la conocí”… ¿Acaso iba a pasar mi vida jodiéndole la existencia a Isabella? Parecía haber sido creado para hacerle daño aunque no fuese a posta. ¡¡¡Mierda!!!
Sentí su mano estrechándome el hombro, Carlisle se había colocado a mi lado y me miraba de aquella forma paternal tan suya que te hacía desear no haber permanecido tantos años lejos de él.
—Deja que te ayude, hijo. Nada me gustaría más que verlos juntos…aunque quizá si haya algo —lo miré expectante—. Vuelve a casa, Edward… —me tendió su mano en gesto no solo de paz sino de un millón de cosas más que me daban terror, no porque fuesen difíciles de afrontar, sino porque sería devastador perderlas— Cincuenta años después sigo esperando a mi hijo perdido.
Me coloqué en pie y lo miré a la cara con profundidad…y le tendí la mano a mi padre.


                                                  ********

—¡Hola! —me dijo Alice al abrirme la puerta de la casa de Carlisle, ni siquiera necesité tocar pues ella me abrió antes. Curioso don, pensé.
—Hola —estaba extrañado de verla con una sonrisa tan amplia como si nos conociéramos desde hace mucho tiempo atrás y fuésemos buenos amigos. La verdad, me resultaba un tanto escalofriante.
Su cabello negro azabache estaba cortado en puntas levantadas a los costados de su rostro, confiriéndole un aire de duendecillo travieso. No podía medir más de un metro cincuenta de altura y llevaba un vestido tribal y unas sandalias a juego con cuentas turquesas y doradas. A pesar de ser un tanto aterradora su actitud de chica – feliz, podía entender porque Jasper estaba tan embelesado con ella; era sumamente hermosa, cosa que no era de extrañar en los de nuestra especie.
—Vienes a ver a Bella —aseveró—. Pero ella no está, salió con Rosalie y Esme a comprar unas cosas para la casa. Entra.
—¿Y tú por qué no las acompañaste? —pregunté cuando ya estaba instalado en el salón de estar.
—Porque sabía que vendrías y alguien tendría que abrirte la puerta —y ahí estaba esa sonrisa de autosuficiencia de nuevo.
—¿Y a ti que más te da si me quedo fuera de casa esperándola?
Se encogió de hombros.
—No lo sé, pero debo averiguarlo. Te vi en mi futuro y tengo que saber qué papel juegas en él. Aunque al ver lo que pasa con Bella puedo hacerme una idea.
Sonreí de lado.
—¿Siempre vas por la vida de listilla?
Asintió.
—Es parte de mi encanto.
—No me parece encantador en absoluto.
—Ahora quizás no, pero más adelante sé que sí.
Me carcajeé con ganas.
—Eres una engreída.
—No. Solo soy una vidente, nada más y nada menos —y eso sí que lo dijo con poca modestia. Y no pude hacer otra cosa más que reírme. Viéndolo de esa manera, su sonrisa dejó de parecer escalofriante y comenzó a ser cálida y familiar.
Si…el viejo Edward “oscuro” Cullen estaba siendo pateado una y otra vez y no siempre era de la manera desagradable.


********



—No creo que ese florero vaya a verse bien en el mueble de la sala de estar. Me parece demasiado simple en comparación de los otros dos que están allí —acotó la rubia odiosa mientras entraban Esme y Bella detrás de ella con unas bolsas grandes cargadas de quien sabe cuántas cosas.
—Ese es el punto, Rose —agregó Esme con esa dulce voz suya que irradiaba calidez—. No va a opacar a ninguno de los otros, solo los complementará. En caso de que no luzca bien, le buscaremos otro sitio. ¿Tú qué opinas, Bella?
—¿Eh? Disculpen no presté atención a lo que decían —caminé hacia la entrada del salón y la vi.
Estaba tan hermosa como siempre con aquellos simples vaqueros en tono gris, unas botas planas de cuero negro a juego con su abrigo y bufanda. Su cabello color chocolate caía en gloriosas ondas enmarcando sus facciones estilizadas.
—Hola —me atreví a decirle.
—¿Qué haces aquí? —me cortó de inmediato, a pesar de que sus ojos habían mostrado una breve chispa de emoción al encontrarse con los míos, pero había pasado tan rápido que llegué a dudar incluso si había sucedido—. Creo haber sido muy clara cuando te dije…
—Que no me acercara a ti bla bla bla…no lo he olvidado aún.
—Pues no lo parece.
—¿Podemos hablar en privado? —miré a sus dos acompañantes— con su permiso, señoras. Claro está.
Esme asintió y empujó a Rosalie que no dejaba de mirarme como si le debiera cincuenta mil dólares.
—Muy bien…ya estamos solos. Tú dirás —dijo con fingida frialdad.
—¿No me invitas a sentarme?
—¿No lo estabas ya?
—Sí, pero esperaba que tomaras asiento conmigo. Es solo cuestión de cortesía —le dije a modo de broma.
Aunque no pareció hacerle mucha gracia, accedió a sentarse conmigo en el gran sofá, claro está que ella estaba en una punta y yo en otra, pero no hice el más mínimo intento de acercarme. Se supone que había venido a hablar y solucionar las cosas.
—Bueno… —no sabía comenzar. Habían demasiadas cosas por las cuales le había fallado que ya ni podía recordarlas todas— Primero que nada...debo pedirte disculpas.
—¿Tú? ¡Ja!
—Sí, yo. Edward Cullen ¿o es que esperabas que viniera Jacob Black a decirte lo mucho que yo me arrepentía de cómo me había comportado? —si bueno…supongo que eso de “cambios conductuales positivos” debían darse paso a paso. Ya saben lo que dicen de lo difícil que es deshacerse de los viejos hábitos.
Automáticamente Isabella se irguió en posición desafiante. Odié que lo hiciera por ese…maldito.
—¿Por qué tienes que meter a Jacob en todo esto? Él solo ha sido amable conmigo…
—¡Ja! Amable. Eso es algo que solo tú le crees ¿de dónde demonios crees que le sale esa amabilidad suya? ¡Quiere acostarse contigo! – le espeté con asco y celos mordaces. El solo hecho de imaginarla en brazos de otro era más de lo que mis escasas ganas de ser “una ser decente y renovado” podían resistir. Casi automáticamente me daban ganas de desmembrarlo y prenderle fuego y esta vez asegurarme de que quedara muerto y bien muerto, para evitarnos futuros espectáculos del tipo: Oh – me – morí – pero – he – vuelto.
Pero no era que lo odiara o no…cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
—No todos son como tú, Edward —contraatacó.
—Cierto, yo no me hago pasar por un niño bueno solo para que me tengas lástima y me prestes un poco de atención. Ni siquiera cuando desconocías lo que era.
Se quedó en silencio al saber que era cierto lo que decía.
—Es verdad que oculté muchas cosas y ese fue mi error, pero yo no te mentí. Puedes acusarme de ser un amoral, un bastardo, un egoísta con trastorno obsesivo compulsivo narcisista y además un tanto sociópata, pero todo lo he hecho por ti. Mal, pero por ti; sé que no es motivo de redención pero si hay algo en lo que nunca mentí era en que te quería a mi lado. Eso es lo más cierto que he dicho hasta ahora. Y que he sentido también.
El silencio se desplegó entre nosotros haciendo volar una estática invisible pero que si era palpable. Tenía la sensación de que en cualquier momento alguno de los dos sucumbiríamos al deseo de salta sobre el otro y arrancarnos las ropas para marcar con nuestras esencias el territorio a conquistar. Ella era como mi tierra prometida, un oasis casi etéreo con figura de mujer.
De pronto Isabella se lanzó a correr pero fui más rápido que ella y tranqué la puerta de la estancia para que no escapara; y como sabía que esa endeble puerta no sería suficiente para detenerla; me coloqué en frente la sujeté de los brazos y la acerqué a mi cuerpo que respondió con un corrientazo feroz a su cercanía.
—¿A dónde ibas?
—Le..lejos d…de…ti —titubeó.
—¿Por qué? —musité contra sus labios en un casi – beso provocador.
—Tú m…me…
—¿Te qué? ¿Te descontrolo? ¿Te hago arder de deseo? ¿Sientes impulsos indecentes cuando estás cerca de mí? —ella abrió su boca para recibir mi beso pero solo le lamí el labio inferior—¿Por eso huyes de mí?
Tomé como respuesta el hecho de que se ondeará contra mi ahora muy notable erección la cual quedó situada justo entre su deliciosa v.
No perdí más tiempo y nos lancé contra el suelo, no es como si pudiese lastimarla pero de igual manera yo quedé abajo durante el breve momento que duró el impacto y luego me subí sobre ella y le abrí la ropa con rapidez, tenía urgencia de ella pero aun no olvidaba cuando la había dejado sin pantalones y posteriormente ella a mí; así que esta vez tomé previsiones y aunque le saqué las prendas con rapidez cuidé de no romperlas. una que otra costura se quejó, pero quedaron al menos unidas.
—Venía a …hablar contigo… —jadeé— Por dios. Que sí…
—No …blasfemes. Es pecado… —susurró ella con voz ronca.
—¿Y qué es un pecado más cuando ya estoy condenado? Tú eres mi perdición.
Mordí su cuello arrancándole un jadeo y coloqué mi mano en su centro sin mucha delicadeza, acaricié su clítoris como si en ello se me fuese la vida, aunque la única que se fue era Bella entre jadeos y gemidos. ¿Qué había gente afuera y nos podían escuchar? No nos pudo importar menos, no era la primera vez que habrán oído a una pareja entregarse, y si nos escuchaba el maldito renacido – entre – las – tinieblas y la demente novia – de – chucky, mucho mejor. Para que de una maldita vez por todas entendieran lo que nunca iban a tener.
Después de regalarle unos cuantos orgasmos con mis muy generosos dedos mi necesidad bramó pidiendo su turno y me deslicé en ella, con suma facilidad como la de un sommelier* cuando reconoce a un buen vino y uno de baja calidad. Estaba tan húmeda…tan preparada para mí. Su intimidad era solo mía y sí que estaba dispuesto a disfrutarla.
La embestí con rudeza una y otra vez hasta acercarla al borde, luego disminuí la cadencia y retrasé su orgasmo, cosa que me valió un buen rasguño en la espalda, pero no importó. La giré bajo de mí colocándola de cara al suelo y volví a entrar en ella de un solo movimiento. De nuevo retomé la fiereza y hasta halé su cabello para atrapar sus labios mientras la penetraba con posesividad.
El choque de nuestras caderas y sexos sonaban se una manera seca, continua y exquisita que dejaba bien claro que en ese momento se estaban apareando más que una mujer y un hombre, una hembra y un macho ávidos de pasión. Sentí la inflamación de mi sexo que predecía la llegada del clímax así como los continuos espasmos de los músculos internos de Bella que se preparaban para explotar. Así que metí la mano entre sus muslos y estimulé su centro a la misma velocidad con la que embestía contra ella.
Ambos llegamos a un plano no corpóreo que solo se alcanza cuando dos almas comulgaban en la mejor de las uniones. En ese momento empecé a creer que si poseía aún mi alma, esta le pertenecía a ella y podía hacer con ella lo que quisiera.
Por un momento deseé que hiciera cualquier cosa menos romperla, no estaba seguro de poder existir en un mundo donde no estuviese con Isabella Marie Swan. Eso sería sencillamente intolerable…imposible. 


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Palabras desconocidas:
Pacquiao: También conocido como Manny «Pac-Man» Pacquiao, es un boxeador profesional, actor, cantante y político filipino.
Sommelier: Experto catador de vinos.



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Joderrrrrrrrrr, cuanto se tardó “El Malote” Jamás en la vida un capítulo me había costado tanto. He borrado y vuelto a escribir no sé cuantas veces…pero en fin, esto fue lo que salió de esta loca cabecita y sinceramente espero que les guste.
Y cómo no sería yo, si no les dijera esta frase:
PERDÓN POR LA TARDANZA!!!!
Gracias a tod@s por su apoyo, no solo a las lectoras sino a todas las páginas de Fanfiction que me están permitiendo publicitarme, apoyándome e incluso haciéndome fanarts…gracias a tod@s.
Nos leemos pronto…
Marie K. Matthew

jueves, 5 de enero de 2012

Mi Regalo (atrasadíiiiiisimo) de navidad para mis lectoras...espero que les guste y me disculpen la demora...


ONESHOT NAVIDEÑO




“Detén el tiempo”

-    ¡No me da la gana de entenderlo! – gritó Edward a Alice, su asistente personal. – No me interesa cuanto me repitan esas payasadas, no gastaré ni un dólar en adornos navideños. Creo que la situación actual del asilo está bastante crítica como para que vengamos nosotros a ponernos a despilfarrar el dinero en muérdagos y bambalinas. ¡Por favor, Alice! No parecen cosas tuyas, te creí más inteligente.
La pequeña damita encantadora de rasgos aniñados y cabellos negros rebeldes que apuntaban en varias direcciones entornó los ojos ante las muy predecibles palabras de su jefe.
-          Mira, Edward…tu anual actitud de Grinch* nos causa jaquecas a todos los que laboramos contigo en estas fechas. Trata de ser un poco menos egoísta y de pensar en alguien que no sea en ti mismo. No te gustan las fiestas, muy bien; pues no participes. Pero no les frustres las ilusiones a las demás personas normales que compartimos contigo el día a día.

Entrecerró sus ojos y tensó los labios en una línea fina ante las despreocupadas palabras de su asistente…y para mayor pesadilla, hermana.
Y sí que eran despreocupadas… Desde el año 2.005 hasta hacía unos cuatro meses el antiguo director del Departamento de Desarrollo y Bienestar Social que se desempeñaba; el mismo cargo que ahora él ejercía; se había dado a la tarea de realizar fabulosas jornadas para la recolección de dinero para poder proporcionar una mejor vida a las personas desamparadas o indigentes; como suelen llamar las personas a los mendigos para que les pesase menos en las conciencias cuando tuviesen que mirarlos de lejos con lástima; a su forma de ver. Y hasta hacía poco él había logrado mejorar la vida de alguien en particular.
La de él mismo.
Con un ingreso anual de más de cinco millones de dólares desde la fecha de su nombramiento, Mike Newton se había embolsillado un aproximado de más de treinta millones. Logró salirse con la suya tranquilamente, mientras que la administración pública le temía a su fama de ogro sin compasión y nadie tuvo las suficientes pelotas y ser capaz de enfrentarle y colocarle en el sitio que le merecía; el cual era debidamente tras las rejas. Pero no….en la vida real los malos que son millonarios no van a cárcel. Logran echar polvos mágicos a sus pies, hacer ¡poof! y desaparecerse. Dejando una cantidad de más veinte albergues y un asilo municipal sin recursos económicos, en los cuales más de tres mil quinientas personas se morían de hambre y frío mientras que el resto del mundo andaba cantando Jingle bells por las calles y comprando como si fuese el fin del mundo en cuarenta y cinco días.
-          ¿Sabes una cosa, Alice? Cuando me des un buen motivo por el cual me digas que debo gastar más de dos mil dólares en adornos para los albergues y el asilo, en vez de hacerlo en medicinas y comida; puede ser que me coloque en tu lugar y le dé la bienvenida al mes en donde el consumismo se dispara abismalmente así como los índices inflacionarios. – Edward se sintió muy pagado de sí mismo al decir esas palabras.

Se sentía prácticamente el ganador de ese altercado al haber usado algo de su recalcitrante arsenal sarcástico. Sin embargo, ella pacíficamente lo miró a los ojos y le sonrió con dulzura.
- ¿Sabes una cosa, hermanito? Si esa preocupación que tienes por los demás lo encausaras con más ternura, de seguro todo el mundo estuviese a tus pies. Es verdad que hasta ahora has conseguido mucho y te respetan por ser alguien exigente y honesto en cualquier trabajo o puesto que se te asigne. Pero solo los más allegados a ti, podemos ver ese lado vulnerable tuyo, y sinceramente esperamos que nos dejases acercarnos más a ti. Porque nadie puede ser feliz estando tan solo y siendo tan ácido y visceral, como lo eres ahora. – dicho eso le colocó en su mano una carpeta de manila. – Ahí tienes el motivo por el cual te dije que gastáramos en adornos navideños. Ahora me voy, debo terminar de cuadrar tu agenda y las cuentas que se le presentarán al auditor dentro de un mes.
Cuando una pagada Alice se retiró a su oficina, Edward se dignó a abrir el documento, el cual rezaba que tenían un nuevo beneficiario: el Imperio Swan. Al parecer, uno de los más antiguos donadores del Asilo “More than a Hope”(Más que una Esperanza), deseaba seguir haciendo labores altruistas con ellos, muy a pesar del escándalo que se había suscitado cuando, el mismísimo Edward lanzó a la luz la debacle económica y moral por la que estaba pasando el Departamento.
Los que antes solían realizar cuantiosas donaciones, decidieron no confiar en él basados en la “poca moral de la que había hecho gala en antiguo encargado”. La mayoría del voluntariado se había desaparecido en acción y los que más solían ir eran los que sentenciaban a horas de trabajos comunitarios por haber cometido algún delito menor. ¡Menudas joyas!
Pero en ese paliducho papel estaba impreso en letra negra, la impronta de una promesa que auguraba esperanza para esos casi cuatro mil desafortunados. Promesa que no venía de a gratis, puesto que venía con la condición de que las instalaciones deberían de estar decoradas y preparadas para que esas personas recibieran una “navidad digna”…palabras textuales.
Se suponía que al día siguiente recibirían a la cabeza de los Swan que se encargaría de sellar el trato…o no.
Así que tendría que haber navidad, lo quisiera Edward o no…Y entonces, el derrotado Jefe de Desarrollo y Asistencia Social de la ciudad de New York, tuvo que morderse la lengua y largarse a su oficina, en la cual se encerró con un sonoro portazo.
¿Qué más les daba a esos encopetados si ponía un maldito árbol con luces o no?
Esa condición era reverendamente absurda.

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sábado, 17 de diciembre de 2011

ANHELO DESDE LA OSCURIDAD - Capítulo Undécimo:



“Espejos rotos”

Carlisle y yo seguíamos en la puerta a la espera de que alguno reaccionase, y tomando en consideración que yo ya había dicho mi parte del guión en la cual exigía lo que él tenía de mi propiedad, era de esperarse que me saliera con un muy acertado y poco previsible “Toma a Isabella, Edward. Tengan una buena y larga existencia. Te deseamos lo mejor y te escribiremos en navidad”. O la otra opción, —menos razonable—, pero más predecible era que me dijese: “¡Maldito bastardo malagradecido! ¿Cómo osas pisar mi casa después de cincuenta años de ausencia? ¡Lárgate de aquí!”...pero no. No hizo eso. Y la verdad era que me jodía inmensamente su estado de No—sé—qué–decirte. Tanto mental como vocal y físico.
Entretanto mis sentidos estaban más que aguzados buscando cualquier indicio de mi Bella, la impaciencia me carcomía, ¿Dónde estaba ella?
 Tal vez en la última habitación del corredor en el segundo piso, mi antiguo dormitorio. O tal vez estaba adentrada en el bosque, porque por más que aguzaba mis sentidos no la podía sentir, ni oler cerca. Por qué demonios jugábamos a los petrificados, mataba por verle, necesitaba de ella con demasía, con urgencia, y Carlisle osaba a permanecer en silencio, inexpresivo, congelado.
No decía nada. No hacía nada. No pensaba en nada. Lo había dejado noqueado con mi aparición. Sorpresa, sorpresa.
Al final, Jasper fue el que rompió el silencio al aclararse la garganta…
–Ejemmm. Bueno…creo que empezamos con mal pie. —señaló a Esme y luego a mí—. Edward, esta hermosa dama de acá es Esme. Y…bueno…a Carlisle ya lo conoces aparentemente, así que…
—Sí. —fue lo único que fui capaz de decir, mientras estaba a la espera de que alguien saltara desde algún punto sobre mi cabeza y quisiera descuartizarme.
Tras pasar un incómodo minuto más de silencio, Carlisle dio un paso hacia mí.
Me puse en guardia de inmediato.
Y él…me extendió su mano a modo de saludo. En su mirada brillaba la comprensión y la compasión que le caracterizaba. ¡Bah! Ese infeliz debería haberme puesto las cosas un poco más fácil, en vez de tratar de quebrarme por dentro. Pero lo peor del caso es que él siempre era así, no era una artimaña, simplemente Carlisle Cullen, mi creador y mentor durante diez años era el ser más bondadoso del jodido planeta tierra. Lo cual siempre lograba arruinarme la jornada al hacerme sentir la peor escoria de todas. Hey…una cosa es saberlo y otro que te lo echen en cara.
En fin. Al final ignoraba porqué; quizá por la falta de alimentación que me tenía descolocado o tanto bosque me inutilizó el correcto funcionamiento de las neuronas; el hecho es que extendí mi mano y estreché la suya; pero lo que en definitiva no esperaba fue que me atrajese hacia su pecho para envolverme en un fuerte abrazo.
Y aunque soy un excelente lector de mentes no me lo vi venir en ningún momento. Esme y Jasper estaban tan atónitos como yo; aunque ella parecía más que asombrada, conmovida.
—Siento haberme puesto tan emocional. —Admitió Carlisle mientras fingía alisar su camisa Dior de seda color marfil sobre sus pantalones de lino marrón oscuro de Balenciaga—. Pero en serio me alegra volver a verte. No creí que volviese a pasar alguna vez.  Y mucho menos antes de que hubiese pasado al menos un siglo.
Ante esa actitud tan paternal que se le daba natural, me estremecí y enterré los dedos con frustración en mi cabello. Había llegado a su casa, exigiendo a mi compañera de una mala manera y aún así él decía que estaba feliz de verme. Sí, probablemente yo debía ser el cabrón malagradecido más grande de la historia. Muchas gracias.
—Hmmm. Bueno… a mí también me alegra verte. —dije a la vez que me era imposible verle a la cara. Aunque no lo crean yo tenía un ápice de decencia en mi cuerpo; el que no saliese mucho a la luz pública es un tema reservado para otra discusión.
—Por favor, pasen. —nos urgió la hermosa mujer que parecía ser la compañera de Carlisle.
Miré a Jasper en busca de alguna resolución que me instara a volver en otra ocasión. Pero no; el muy desgraciado pasó como Pedro por su casa dejándome a mí afuera con los perfectos prospectos de anfitriones y con mi actitud de Emo-descortés.
—Pasa, por favor. Debemos hablar. —me pidió Carlisle, en un tono que no solo denotaba cortesía sino también firmeza. Asentí y pasé a su lado en modo automático. Luego volví a hacerlo a modo de saludo con la dama.

**********

—Jasper nunca mencionó que te conocía. —Intervino tras pasar un largo e incomodo silencio.
Carlisle movía sus manos al hablar con esa elegancia sinuosa que caracterizaba a nuestra especie.  Permanecía sentado en su exquisito escritorio de líneas contemporáneas elaborado en vidrio y metal forjado. Estábamos en un sobrio estudio donde resaltaba el mármol blanco, la madera pintada en tonos fríos y una decoración minimalista. Me recordó de inmediato a mi Bella, y el monstruo que habitaba en mí se estremeció con anhelo.  La extrañaba demasiado.
—No tenía por qué hacerlo. Tendría que haber sido un adivino para haber sabido que eras mi creador.
—Aun así no puedo creer que nunca hayamos tenido una conversación en la que no hayas salido a relucir de manera accidental, aunque fuese. —en ese momento me permití excavar en su mente y dilucidar si sus palabras tenían el deje de sospecha que yo intuía.
No me equivocaba. Carlisle Cullen lo que tenía de buena gente también lo poseía en inteligencia. Esperaba saber si Jasper tenía algún propósito al esconder tal casualidad pero me negaba totalmente a responderle esa clase de cosas, por que el asunto es el siguiente…no me gustaban las confesiones. Punto final. Por eso lo sacerdotes y yo no nos llevamos bien, ¿esa dinámica de dime todo lo malo que has hecho mientras esperas a que te perdone y encima te imponga una penitencia? No, gracias. Y definitivamente no la haría con Carlisle por mucho que el jugase al papel de Yo – soy – tu - padre – y – te – quiero. No, no lo haría. Esas eran cuentas de mi rosario que solo a mi socio y a mí nos incumbían. Caso cerrado.
Así que utilizando mi muy desarrollado talento del Cabronismo, perfeccionado a través del tiempo, me encogí de hombros restándole importancia al asunto.
—Simples casualidades del destino que quería que nos topásemos a la cara hoy… lo que me lleva a otro tipo de casualidad en la cual está involucrada mi compañera. ¿En dónde está Isabella? —esta vez cuando hablé utilicé un tono menos frío pero casi igual de demandante.
Carlisle me sonrió con ternura a la vez que rememoraba al Edward que había sido en la década que había estado con él. Parecía verme como una especie de niño…
—Sigues siendo igual de directo e impaciente, Edward. Este medio siglo no te ha enseñado a esperar o ser un poco más sutil. —yo estaba en total desacuerdo con él, por mi Bella tuve que esperar mucho. Demasiado. Bueno no tanto…pero a mí me pareció muchísimo tiempo. Noté que Carlisle se ponía repentinamente serio y sabía lo que se me venía encima a continuación— Isabella no tiene intenciones de volver a su antiguo hogar, Edward. O más bien. Ella lo describió como una prisión.
Sus palabras me hirieron en lo más hondo y en ese preciso instante comprendí una cosa más; de las tantas de que estaba entendiendo desde que conocí a Isabella Swan; qué el puto corazón, aunque estuviese muerto, era un artefacto sumamente jodedor de existencias, puesto que aunque creyeses que estaba muerto y bien muerto parecía ser vulnerable a que viniese cierta persona indicada y te haga ver, que tus creencias sobre algo o la manera en que llevas tu vida da asco y pena ajena. Ese era mi caso, porque allí, sentado en una cómoda y simple butaca en medio de un estudio de mi antiguo creador al que por cierto había abandonado, la verdad me acaba de golpear en las narices diciéndome que jamás le di una opción de escoger a Bella, que por el contrario todo se lo había impuesto sin tomar en cuenta su opinión. Y dejarle escoger los muebles de la casa no contaba en este contexto.
Era eso….o que debía ser el primer vampiro de la historia que empezaba a sufrir del SPM (Síndrome Pre – Menstrual).
Apreté mis manos al nivel de mi regazo tratando de lidiar con la vergüenza que me producía que aquel que era algo así como mi “papá vampírico” me estuviese viendo con esa clase de reproche en los ojos. Y no es como si no me hubiesen visto así antes, de hecho Jasper lo había hecho con bastante regularidad desde que nos conocimos, pero el hecho de que lo hiciese Carlisle, era como mil veces peor que si lo hiciese cualquier otro.
—Jamás… —titubeé—. Jamás creí que Bella se sintiera así.
Para mi asombro; de nuevo. Al parecer ese era el día de Descubre lo que puedes sentir; Carlisle rodeó su escritorio para abandonar su imagen de Soy  el Jefe y se sentó a mi lado, como lo hacía tantos años atrás cuando iba a aconsejarme. Tragué grueso.
—Mira, hijo. Comprendo perfectamente lo que la soledad es capaz de hacernos, pero comprende que el hecho de que seamos inmortales no nos hace dueños y señores de las existencias ajenas. Quizás te estés diciendo que yo no te pregunté si querías ser un vampiro, pero recuerda que eso lo hice a petición de tu madre que no quería que murieses y que de alguna manera sospechó que yo podía salvarte. —se acercó hasta mí para colocar una mano sobre la unión de las mías y verme a los ojos con un remordimiento que me seguía quebrando por dentro—. Hoy te pido disculpas si sientes que nunca debí haberte convertido en lo que eres. Pero por favor, no obligues a Isabella a llevar una existencia miserable por el simple hecho de que estés resentido conmigo.
¿Estaba escuchando bien? ¿Carlisle me había dicho resentido? Y además de todo ¿Creía que había convertido a Isabella en un estúpido intento de venganza contra el destino que me había tocado? Indignado me aparté de su toque y en un rápido movimiento que él no vio venir me coloqué en una de las esquinas de su oficina mientras lo miraba ahora con rabia.
—Es cierto que llevaba mucho tiempo solo, vagando por varias partes del mundo. Pero jamás he pensado en castigarte a ti o a más nadie por la condición en la que me encuentro ahora. Y con respecto a ella… —sonreía con mofa mientras que señalaba con la nariz hacia la puerta—. Se nota lo poco que me conoces, Carlisle Cullen. Aunque te parezca que soy una criatura fría y detestable; lo cual sé que soy; nunca he sido de los que van por el mundo haciendo uso de mi ponzoña para ir regando el vampirismo como si fuese la AHI1N1. ¿Cómo diablos se te va a ocurrir algo así?
Entonces recordé los sentimientos de frustración y molestia que me hizo querer huir de su lado hacía cinco décadas atrás. Esa rabia me estaba carcomiendo en aquel momento mientras lo veía al otro lado de su opulenta oficina, mientras que él me miraba con… ¿remordimiento? Bueno…fuese lo que fuese no estaba ahí por él…solo iba por mi Isabella. Punto final. Hacer las paces o no con Carlisle no parecía que me ayudase a mejorar mi existencia.
—Lo siento mucho, Edward. Nunca quise darte a entender…
Levanté la mano para hacerlo callar. Había vuelto a colocarme a la defensiva.
—Las disculpas me dan urticaria. Resérvatelas. Mejor haz el favor de decirme en donde está Bella para que pueda hablar con ella y terminar con esta visita improvisada, que por lo visto no nos está haciendo ninguna gracia a los dos.
—No quiero que te vayas.
—Pero igual lo haré. Necesito llevar mis cosas a la casa de Jasper; así que necesito hablar con ella para poder arreglar nuestras diferencias e irnos.
Entonces el elegante vampiro de cabellos rubios como el sol tomó un respiro, se puso de pie y dio unos cuantos pasos hasta mí, sin embargo pareció comprender que no quería su cercanía y permaneció lejos de mi persona en ese instante. Pero su gesto me mostraba una determinación que sabía que me traería problemas.
—Debes de comprender que cuando Isabella llegue con Alice y Rosalie; que en este caso las considero, al igual que a ella, como mis hijas adoptivas; si decide que no quiere irse contigo, no permitiré que la obligues a hacer algo que no desee.
—Esa decisión no es tuya. Lo concerniente a nuestra relación solo nos involucra a Isabella y a mí. —esperaba que mis palabras fuesen lo suficientemente claras como para que él comprendiese que debía hacer como Houdini y desaparecerse de la escena.
Su ceño se profundizó pero sus facciones no demostraban que quisiese hacerme algún daño. Lo que era típico en él. De hecho, en su mente una palabra se repetía una y otra vez. Hijo….hijo…hijo…hijo…hijo…
Me negué a ir por ese lado. Así que cambié de sitio hasta quedar situado al lado de la puerta.
—Cuando decidiste darle a entender que ella era como un objeto para ti, y hacer que huyera hasta encontrarse con mi familia y pedirnos asilo; lo convertiste en algo que me concernía. Nadie mejor que tú sabe que jamás dejaría que nada tocase a ninguno de los míos.  Y ahora Bella es una de ellos.
      Maldita fuera mi vulnerabilidad que hacía que desease lo que él tenía. Lo que una vez hace cincuenta años había tenido y decidí dejar atrás para llevar una existencia como mejor me parecía. Unos fantasmas que jamás creía que me golpeasen lo hicieron con fuerza burlándose en mi cara de la soledad que me había acompañado durante tanto tiempo, que luego Isabella había llenado y que cuando se fue, el agujero se había acrecentado aún más dejándome en claro que la eternidad podía ser una patada en las pelotas si no tenías a nadie importante con quién compartirla.
Noté que me seguía mirando con atención mientras esperaba que le dijese algo y sus cavilaciones mentales estaban dirigidas a desear que Bella estuviese lejos mientras que mantuviésemos esta conversación con un final desconocido.
Me erguí en mi sitio y le dije algo que ni yo mismo hubiese creído que diría alguna vez si me lo hubiesen preguntado diez atrás.
—Si Bella no quiere acompañarme, aunque mi deseo es que así lo haga; no la obligaré a hacerlo. Me iré por donde vine y no la molestaré más. —tragué grueso ante lo difícil que se me estaba haciendo pronunciar aquellas palabras tan fáciles de decir pero no de asimilar— Ten la seguridad y la tranquilidad de que no volveré a tu casa y seguirán su curso normal de existencia sin que los moleste.
Carlisle me miró como si no pudiese dar crédito en un primer momento a lo que le estaba diciendo, luego, lo hizo con un entendimiento que me hizo estremecer.
—Edward… ¿estás enamorado de Isabella?
Si fuese un mortal de seguro que hubiese aprovechado que la oficina estaba en un muy alto primer piso y hubiese saltado por la ventana de cabeza hasta que quedase enterrado y no pudiese ver esa expresión de Ahhhhh—¿no—es—adorable? Que tenía él en frente de mí.
—No…n…nnn…no…yo no estoy enamo… ¡NO! Yo solo quiero a Isabella como mi compañera.
—Y si no lo estás ¿por qué titubeas tanto? —ostentoso, subió la barbilla, entrecerró sus ojos y mostro su sonrisa la cual tenía un deje de humor que me pareció de repente de lo más vergonzoso.
            Me volteé hacia la pared y miré de frente el cuadro espantoso del clan más poderoso de vampiros del cual Carlisle formó parte hacía muchísimos años; los Vulturis. Estaban asentados en Italia, al menos que algún inmortal desfasado se le ocurriera intentar ventilar la existencia de los vampiros ante la mirada pública; así que eran como una especie de guardianes para los de nuestra especie. Y justo en frente de esa horrenda pintura con aire de magnificencia, intentaba cavilar sobre alguna posible ruta de escape que me permitiese salir ileso de aquella situación tan…incómoda.
Porque no podía amar a Isabella…de eso estaba seguro. No sabía lo que era ese sentimiento, ni tampoco como mostrarlo. Sabía que generaba una necesidad apremiante de tener al objeto de adoración al lado.
Bueno….eso lo tenía.
Pero también sabía que aquel ser era capaz de poner en perspectiva tu manera de actuar o de hacer las cosas si querías mantenerlo a tu lado…
Oh oh…eso también lo tenía…
Aunque no presentaba la muy popular sensación de las jodidas mariposas en el estomago…
Espera, eso también…
Y como último síntoma de Enamora-ditis tenemos la comunión perfecta de cuerpos a la hora del sexo…
¡Ooooooh! mierda…estaba en un aprieto…
—Edward, no sé tú, pero yo creo que ya ha pasado demasiado tiempo mientras que te inventas un argumento suficientemente convincente de que no estás acá por estar enamorado de Isabella. —y nuevamente la voz de Carlisle permitía que una nota burlona se colara en ella casi con descaro.
Suspiré frente a la pared y me volví aún sin ese dichoso argumento del cual él hablaba pero de igual manera le respondí con tozudez:
—No sé de qué demonios estás hablando. —me encaminé hacia la puerta sin tomar en cuenta su reacción— Esperaré para hablar con Isabella en la sala. Sé que no está porque ni su arma ni su voz han llegado hasta mí, por lo cual estaré solo en la estancia. Si me permites…
—Edward…— la voz de Carlisle me congeló en el sitio deteniendo mi mano que agarraba la perilla de la puerta—. No hay necesidad de que estés solo más tiempo, hijo. Y si ella no quiere volver contigo; aunque la voy a apoyar; seguiré dejando mis puertas abiertas para ti. Siempre guardé la esperanza de que volvieses… —no lo digas…no lo digas…— porque para mí tu seguirás siendo mi hijo.

**********

Aproximadamente una hora después de la conversación con Carlisle que era digna de ser transmitida por el programa de Oprah, seguía tirado en el muy mullido sofá de Esme que parecía tan blanco como las propagandas de los detergentes en la televisión, además de hacer zapping indiscriminadamente con el control remoto, la ansiedad me hacía incapaz de ver nada. Habían pasado tres semanas. Tres largas y horribles semanas en las cuales había comprendido lo importante que era esa mujer para mí, lo indispensable que era su presencia en mi cercanía si me quería sentir pleno. O si simplemente quería sentir…algo.
Había sido siempre ella la que desde un principio había puesto mi mundo patas arriba haciendo que comenzara a sentirme vivo de alguna manera y el hecho de que las palabras de Carlisle me dieran vueltas  y vueltas en la cabeza eran el claro resultado de que Isabella estaba quebrando uno a uno los espejos en los que me gustaba mirarme para asegurarme, que el ser frío y poderoso que creía ser, seguía ahí.  
Después de pasar por vigésima séptima vez por el canal ESPN y seguir de largo jugando con las teclas del control remoto, me resigné a que esa debía de ser las jodidas baterías del maldito conejito rosa que andaba de un lado a otro con el bombo. Y dura…y dura…
—¡Hemos llegado, Carlisle! —canturreó en alto una melodiosa voz que no me era conocida en absoluto.
Inmediatamente percibí la esencia de Bella y salí de la estancia sin esperar presentaciones algunas. El mundo se detuvo cuando la vi cruzar el umbral de la puerta del patio trasero. Llevaba puestos unos vaqueros ceñidos color negro, un suéter de punto rojo con cuello en V que realzaba esas ondas color chocolate y que tan gloriosamente se meneaba al ritmo de la brisa mientras me quedaba embelesado como un idiota frente a ella. Se tensó al verme y lamenté que un chispazo de deseo se hubiese manchado inmediatamente con un terror y hasta con desprecio.
—¿Qué haces aquí? —dijo entre dientes.
Una rubia alta y hermosa se tensó a su lado y noté la posición protectora que tomaba a su lado, eso sin contar de que estaba mirándome de arriba abajo analizando cuales podrían ser mis debilidades por si tenía que atacarme en algún momento. Si la situación no fuese tan tensa y tan decisiva para Bella y para mí, de seguro que me hubiese reído en su cara.
Una figura pequeña con movimientos de bailarina de ballet tomó a Isabella del antebrazo y le susurró al oído que se tranquilizara y me dejase explicarme antes de tomar cualquier decisión. Casi se lo agradecí.
Más no, Bella la miró con un aire de indignación.
–¿Tú sabías sobre esto, Alice? –ella asintió, dejándome descolocado por un breve momento hasta que comencé a sospechar sobre cual podría ser un don desarrollado por la chica de cabellos de duendecillo— y no me has dicho nada. Eso se llama deslealtad.
La en ese momento juzgada meneó la cabeza de lado a lado con autosuficiencia.
—No, se llama hacerle caso a un…presentimiento. —dicho eso tomó a la rubia del brazo y la instó a acompañarla a la cocina para darnos espacio. La segunda cuando pasó a mi lado me gruñó como lo haría un pitbull al cual te acercas demasiado por su territorio.
—No me importa lo que digas ni lo que hagas, no me pienso ir  a vivir a tu casa de nuevo. —Derrotado meneé la cabeza de lado a lado.
—No es mi casa, Bella. Ya no.
Se vio confundida por un breve instante.
—¿Y por qué no?
—Desde que te fuiste eso solo era una construcción. Se convirtió en una moderna cripta en donde vivía un muerto porque su vida se había ido lejos.

**********

—No puedo creer que me hayas convencido a que te acompañase con esas frases de telenovelas baratas— admitió Isabella que estaba sentada en una alta y congelada piedra, mientras yo terminaba de desangrar a un maldito siervo. El cual por cierto, tenía muy mal sabor.
Dejé el cuerpo seco y sin vida detrás de unos arbustos y me senté a su lado mientras mirábamos el tranquilo paisaje conformado por un hermoso lago rodeado de varios robles y arces, además de un denso follaje verde que cubría casi la totalidad de los troncos de los árboles. No había un musical trinar de pájaros como música de fondo, ni siquiera el sonido de los grillos nos servía de banda sonora para lo que estaba a punto de admitir frente a ella. Nuestra naturaleza depredadora era presentida por los animales con suma facilidad y nos indicaban con su silencio que nos consideraban una abierta amenaza.
—No eran palabras de telenovelas. Solo la verdad. Necesitaba hablar contigo a solas porque debo decirte algo que no tenía intenciones de que fuera escuchado por los demás. Gracias por confiar en mí.
—No lo hago. —admitió ella con naturalidad mientras se encogía de hombros—. Es solo que noté que necesitabas alimentarte con urgencia, y además sé que cuento con mi fuerza de neonata para partirte en dos si me quisieras llevar a rastras hasta New Hampshire de nuevo.
La miré a los ojos y por muy afeminado y cliché que suene sentí que me perdía en aquellos orbes color granate iguales a los míos. Podría estar siguiendo la  asquerosa dieta a base de animales de Carlisle, pero aún nuestras miradas eran semejantes.
—No lo haría.
—¡Ja!...
—Hablo en serio….
—Sí, claro. Y yo soy la madre Teresa de Calcuta.
—He cambiado…
—No, Edward. Tú no cambias, siempre serás esa criatura egoísta y fría de la cual te enorgulleces ser. Puede que ahora tengas un lapsus de remordimiento por lo que me dijiste hace unas semanas atrás, pero sé que eso no puede haber bastado para que te dieras cuenta de lo egocéntrico que te has vuelto. —era tal la determinación que mostraba al decirme aquellas terribles, aunque sinceras palabras, que estuve a punto de dar por terminada la conversación y largarme de allí mientras quedara algo de mi orgullo. Pero el masoquista que había en mí desde hacía un tiempo para acá, tenía aún más ganas de arrastrarse. Sin embargo si seguía con ese numerito de “Mírame, soy el sufrido, despechado y renovado Edward Cullen” ella no me creería. Así que mi lado oscuro, fue una vez más la mejor salida.
Me encogí de hombros, tomé una piedra del suelo y la lancé por el agua con tanta fuerza que se clavó en el tronco de un viejo arce.
—Como quieras.
—¿Cómo?
—He dicho Como–quieras.
—Eso lo escuché. No soy ninguna sorda.
—¿Entonces para qué diablos me preguntas?
Se rió con amarga sorna antes de girar la vista hacia el paisaje.
—Ahora si eres el Edward que conozco.
—Nunca he dejado de serlo.
—Exacto, por eso me largué de tu lado. Por lo cual no entiendo por qué estoy teniendo esta conversación contigo.
—Yo tampoco la verdad. Porque ¿de qué manera te voy a explicar que pasé las tres peores semanas de mi existencia después de que te fuiste? No me lo creerías y como acabas de hacer, terminarías riéndote de mí. No digo que no me lo merezco, pero igual no me da la gana de pasar por ello.
Volteé hacia ella y noté que me miraba confundida. Había logrado captar su atención con seriedad. ¡Aplausos para el maestro!
—Me quieres camelar, utilizando alguna trampa tuya de manera retorcida. Te advierto que no caeré. —el orgullo y el recelo le sentaba bien. La hacía lucir sexy.
—No te pienso envolver en ninguna trampa, Isabella. Por favor. No seas ridícula. Deja de ver tantos dramas televisados. En serio, eso solo existe en Gossip Girl. Y no todo es una jodida conspiración. —agregué muy pagado de mí mismo mientras citaba una se sus series favoritas, la cual veía en la tv; hasta los capítulos repetidos;  aunque la tuviese en DVD.
Su manera de mirarme me indicaba que mis palabras habían calado. Que enigmático era el sexo femenino. A veces; como en esta ocasión; te desvivías por explicarte con frases tiernas, pero no te las creían, así que te toca que apelar al sarcasmo y es entonces cuando ellas se dan cuenta de que vas en serio.
Recordatorio mental para Edward Cullen: leer “Las mujeres son de Venus y los hombres son de Marte” para constatar si el autor es tan listo como yo. Muchas gracias.
Isabella se mostró dubitativa, claramente se debía estar debatiendo entre las dudas por mi sinceridad y el rencor que había creado en ella mi manera de actuar hasta el momento de su partida. Decidí aprovechar ese momento de indecisión para tomar un poco de ventaja y mejorar mis posibilidades de quedarme con ella. O mejor dicho, que ella volviese conmigo.
—Bella, mira…no pretendo decirte que soy un santo, ni puedo prometerte que de un momento a otro cambiaré mi forma de ser con tal de recuperarte; o que dejaré de ser un cabrón sarcástico y bastardo…
—Nunca lo creí posible. —Sonreí con sorna.
—Muy bien, porque no creo que pase…más aún así te puedo proponer que comencemos de nuevo. Que respetaré tus decisiones,  cualquiera que sea que tomes y si no estoy de acuerdo con ellas, las discutiré antes contigo en vez de imponer mi manera de pensar. No puedo ser tu príncipe azul encantador, pero si puedo intentar ser un compañero real que tratará de darte lo mejor de las pocas cosas buenas que tenga en su persona. No es el cielo, ni la luna y las estrellas o esas mierdas cursis…pero por todo lo que es sagrado, es más de lo que nunca me creí posible de ofrecer al alguien.  —sabía que lo que decía no era digno de salir en ninguna novela por muy mediocre que fuera, pero si era lo más sincero y sentido que había dicho hasta ahora.
No me pasó desapercibido el hecho de que ella estaba meditando sobre mis palabras y casi tuve la certeza de que las había tomado en serio. Pero con Bella nada era seguro, pues a diferencia del resto del mundo a ella no podía leerle la mente para saber si tenía alguna posibilidad de volver a lo que teníamos antes o incluso mejorarlo.
Después de un largo momento cargado de exasperante silencio finalmente preguntó:
—¿Qué sientes por mí, Edward? Quiero la verdad y solo la verdad. —exigió.
Tragué grueso y si hubiese podido transpirar de seguro que en ese momento me hubiese puesto la tapa de un cazo en una estufa a toda mecha. ¿Qué palabras podían describir lo que sentía en realidad por ella? Decir que la deseaba era quedarse corto. Si le decía que la necesitaba era como contar una sola parte de una historia, y si le declaraba que la am…no…no estaba listo, ni seguro aún. No sabía que era eso, y después de soltar la palabra con A nunca más podría retractarme.
—Yo…—enterré mis dedos en mi cabello y exhalé con frustración. Los segundos corrían y yo solo era capaz de titubear—. Mierda, Bella no sé. Me tomaste desprevenido. Yo…
—¿Tú qué, Edward? Suelta lo primero que te venga a la cabeza de una vez por todas.
Su paciencia estaba llegando a los límites. Era como estar guindando de un acantilado sosteniéndome con una sola mano temblorosa. Las probabilidades de caer estrepitosamente eran jodidamente demasiadas, tantas que un miedo casi irracional recorría todo mi ser de palmo a palmo.
—Joder, Bella…justo ahora no tengo nada en la cabeza… —y entonces supe que la había cagado incluso antes de terminar la frase—. ¡No lo tomes a mal!
Su media sonrisa tan carente de alegría me heló por dentro, pero no tanto como la decepción que tiñó sus ojos de golpe.
—Claro que no, Edward. No puedo tomarme a mal lo único que has dicho en serio durante todo este rato. Tu cabeza no puede tener una respuesta simplemente porque tu corazón tampoco la tiene. Traducción simple: no sientes nada por mí. Solo un deseo vacío el cual quieres que llene al irme contigo. Estás dispuesto a ser mejor para que decida no irme o mientras que tramas alguna manera mejor de cómo retenerme a tu lado hasta que finalmente te hartes de mí y me des una patada por el trasero. La eternidad es demasiado tiempo como para no aburrirte ¿cierto?
Se levantó a un ritmo casi humano y comenzó a caminar de vuelta a la casa. ¿Cómo mierdas se me habían salido las cosas de control hasta este punto? Tenía todo prácticamente dominado hasta que ella hizo una estúpida pregunta, que precedió a mi aún más estúpida respuesta y todos mis esfuerzos se fueron por la borda.
Desesperado por perderla de nuevo corrí tras ella, la giré con rapidez y la estrellé contra el primer tronco ancho que encontré a nuestro paso. Le di la vuelta y la aprisioné con mi cuerpo que comenzó a reaccionar con bastante rapidez ante esa cercanía suya, la cual se me había negado por tres agónicas y largas semanas. Durante un instante me miró con deseo antes de desviar la vista y comenzar a forcejear contra mi agarre de acero.
—Aléjate, Edward. O no respondo de lo que pueda hacerte en este mismo instante si no te apartas.
—Me arriesgaré a conocerlo. —dicho esto me devoré su boca con ansiedad y por muy molesta e indignada que estuviese conmigo sus labios se abrieron de ipso facto para recibir a mi lengua más que dispuesta a masajear a la suya con caricias que tenían de todo menos de lentas y tiernas, y mucho de demandantes y violentas.
Mordí su labio y lamí mi propia ponzoña en él. Esa misma que le había dado la eternidad que ahora se negaba a compartir conmigo. Había anhelado cada curva de sus labios, en todo el tiempo de esos malditos y miserables días sin ella. Su tersa lengua se enredó con la mía, poniendo más duro que nunca, en ese instante tuve un repentino ataque de pertenencia que me hizo rozarme con rudeza contra su sexo que seguía envuelto dentro de aquellos vaqueros.
No por mucho tiempo…—dije para mis adentros
Le arranqué los pantalones con fiereza trayéndome en el intento también su ropa interior. No había tiempo para sutilezas, necesitaba enseñarle lo perfecto que podíamos estar si estábamos juntos a través de nuestro cuerpos. Y esperaba que mi plan desesperado diera en el clavo.
Jadeó cuando el aire tocó sus partes antes de que mis dedos posesivos la invadieran percatándose de aquella exquisita humedad que se había colado de ella con solo un beso mío, el cual aún no finalizaba.
Solté su boca y besé su cara con un desespero demencial hasta llegar a su cuello, y la mano que antes la aprisionaba contra el árbol escaló hasta uno de sus pechos y masajeó su pezón sin miramientos. Sus dedos buscaron anclarse en distintos lados, una entre mis cabellos y la otra en la mano que tenía en su pubis y que masajeaba con rudeza. Abrió sus orbes granates en los que parecía que la pasión los hacía parecer aún más rojos y se onduló contra mi mano.
—¿Esto responde a tus preguntas? —dije mientras me apartaba media milésima de segundo para quitarme torpemente los pantalones, sacar mi sexo en un movimiento desesperado y penetrarla hasta la empuñadura de mi miembro que estaba a punto de hacer erupción.
Antes de que pudiese siquiera contestarme su orgasmo se desencadenó contrayéndose alrededor de mi pene incitándolo a seguirla en la cúspide del placer. ¿Y quién demonios era yo para negarle ese deseo a ella? Abandoné el poco control que me quedaba y con dos penetraciones profundas mi orgasmo se vertió en ella de manera perfecta.
—Sin…palabras… —jadeé en su oído el cuál mordisqueé antes de que ella se tensara.
Me apartó casi de un empujón y me vio con repentino desprecio en los ojos y con una irónica sonrisa en los labios.
—Sí, Edward. Respondiste a mi pregunta. Y como dices, sin palabras, sin sentimientos y sin sentido. Eso es lo que son estos encuentros furtivos. Nadie lo puede describir mejor que tú. —después de una rápida revista del inventario se agachó al piso y recogió algo, pero yo seguía demasiado pasmado como para reaccionar—. Por cierto, me llevo tus pantalones.
Y dicho eso se desapareció en medio de la noche, dejándome con un pene repentinamente desinflado y pringoso, unos boxers rotos y la peor cara de imbécil de todo el universo.
Me senté en el suelo sin importarme si mi culo se sentía a gusto y dejé que los mil infiernos se me vinieran encima.

**********

—Imaginé que necesitarías un par de estos. —dijo Jasper al aparecerse, bendito fuera, con un par de pantalones en la mano.
Lo miré con agradecimiento antes de que la puta depresión se me fuese encima con fuerza recordándome el gran perdedor en el que me había convertido.
—Gracias. ¿Cómo supiste que necesitaba un par de pantalones? —pregunté mientras comenzaba a vestirme con lentitud.
Se encogió de hombros mientras caminaba de lado a lado y luchaba por contener la risa mientras examinaba el paisaje de pantalones y ropa interior rota. No tenía ánimos de partirle la cara en ese momento, eso debería esperar a que mi orgullo agarrara fuerza.
—Cuando vi que Bella atravesó la casa corriendo, alcancé a ver que llevaba unos pantalones demasiado parecidos a los que estabas usando, lo confirme cuando pude oler tu esencia cruzar tajante en la ráfaga que dejo a su paso. Lo que me hizo pensar que quizás te habías quedado con las bolas al aire en algún lugar. Y ya veo que no me he equivocado. De nada.
—Tengo ganas de irme a la mierda en este preciso instante. —grazné sin ánimos mientras comenzaba a caminar con paso humano. Jasper me siguió de cerca.
—Y cuando veas quién acaba de llegar de visita a la casa de Carlisle te van a dar muchas más ganas aún.
—¿Quién? —pero ya imaginaba la respuesta.
—Tanya. Y no viene sola, aparentemente se estrenó en el mundo de los “convertidores” y trajo a su compañero.
Casi suspiré de alivio.
—Pobre. Luego lo acosará por el resto de sus días o hasta que se decida a crear otro vampiro.
—Sí, eso mismo pensé yo. Pero este parece bastante agradable. Por cierto, también viene de New Hampshire…—el recelo me hizo detenerme y verle a la cara.
—Su nombre.
—Jacob Black.
Mi cuerpo entero se estremeció, y sin necesidad de una palabra más, me lancé en volandas hacia mi antigua morada, maldiciéndome por no haber terminado lo que había comenzado, ira, miedo y odio se mezclaban venenosos en mi cuerpo. Ira por saber con certeza que alguien se iría de boca floja, miedo por perderla aún más y odio que llegaba como un viejo amigo rememorando al ser tan despreciable que algún día oso con querer tomar lo que era mío. No podía ser él. Todo se iría a la mismísima mierda; cabe destacar, más de lo actual; si él le contaba todo a Bella, o peor, que pasaría si quisiera recuperarla, a estas alturas no dudo que corra a los brazos de otro a sabiendas de la porquería que yo era, pero estaba Tanya, eso era un gran impedimento para que intentase algo. Debía ser un cínico. O tal vez el cinismo estaba subestimado.

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Espero les guste mucho el capítulo a todos, tenia mucho tiempo sin actualizar anhelo asi que POR FAVOR no me maten ¿si? ....un besote a todas dejen sus reviews ;)




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