miércoles, 30 de noviembre de 2011

Corazón de Cristal - Décimo




Verdades Desagradables.


Después de jurarle a Edward varias veces que solo iba hasta la cocina a hablar con su hermano y volvería con galletas de canela para él, finalmente se quedó tranquilo. Ahora me encontraba recostada de uno de los topes de mármol con los brazos cruzados en el pecho y esperando por lo que de seguro sería una muy incómoda conversación con Emmett.
—Tú dirás…—lo urgí a apurarse con un gesto de la mano—Como pudiste ver allá, Edward me necesita.
Sus labios formaron una línea fina.
—¿Y tú?
—¿Y yo…qué?
—¿Y tú lo necesitas a él?—súbitamente su postura dejó de estar tensa y recargada en las encimeras que estaban al frente, con los brazos en la misma posición que los míos, caminó hasta quedar a tres o dos pasos de distancia—Seme sincera.
Adelanté las manos haciendo una seña de que se detuviese. ¿Se podía ser tan descarado en la vida? Al parecer si…
—Mira, Emmett…te lo pondré de una manera muy simple. Me levanto todos los días, tomo un baño rápidamente y me visto de igual manera. Luego, lo primero que hago es asegurarme de que tu hermano se despierte bien y tranquilo. Posterior a eso, con tu madre o con ayuda de Alice, me encargo de su higiene. Bajamos juntos a desayunar, como has podido ver con tus propios ojos. Paso casi todas las horas del día con él; tanto en el tiempo reglamentario del tratamiento como en el de mis ratos libres. Soy feliz cuando el ríe o triste si él se deprime. Me escuchaste enfrentar a tus padres y a ti mismo…—no pude evitar que en mi tono se colara un poco de reproche.—…diciéndoles lo mucho que me gusta y me intereso por Edward. Así que sí. Yo lo “necesito”también. Por lo tanto…la duda resulta casi necia.
Inspiró fuerte y cerró los ojos por un momento, luego los abrió para verme con una expresión casi rota.
—No había necesidad de que me echaras en cara tus sentimientos…
—¡Un momento, Emmett!—no levanté la voz pero si fui firme.—Yo no fui la que empezó este juego de Quién – quiere – ser – más - hostil. Si mal no recuerdo fuiste tú quién dejó de saludar cuando nos cruzábamos. Ni siquiera tenías la decencia de contestarme cuando te hablaba. Evitabas mirarme lo máximo posible y ahora te crees en el derecho de reprocharme algo….¡Ja! no estaba al tanto de que se pudiese ser tan cara dura.
Nos quedamos viéndonos durante un momento en silencio. Quizá duró solo un minuto pero a mí me pareció como una hora y mientras tanto, el sentimiento de culpa aunado a su mirada azul grisácea—igual que la de su hermano—que mostraba tristeza, iba haciendo mella en la rabia que sentía.
—Siento si fui grosera. Aún así, espero que entiendas mi punto.
Él asintió pesaroso.
—Alcanzo a comprender lo que me dices y lamento haber sido tan…tan descortés; pero tampoco es fácil que te restrieguen en la cara el rechazo. Y mucho menos me vi venir que tú te sintieses tan atraída por mi hermano. Por su condición jamás pensé…
—…Que alguien pudiese enamorarse de él. —Sentencié yo—sin ningún interés en específico.
Asintió.
—Pues sí. No gano nada mintiéndote. Mira…—sacudió la cabeza como si tratase de borrar una niebla que no le permitiese ver con claridad las palabras que me diría. Finalmente tomó una bocanada de aire y soltó lo que tenía entre pecho y espalda…—Bella, me vas a disculpar si mis palabras te suenan ruines; pero me es sumamente difícil de comprender como alguien que conoce a la perfección sobre el síndrome del autismo y sus efectos; se haya enamorado “perdidamente” de uno de sus pacientes. Eso suena a telenovela. – ahora un alterado Emmett caminaba de lado a lado por la cocina mientras hablaba. De vez en cuando volteaba hacia la puerta de la estancia, quizá para asegurarse de que no apareciese nadie.—Dime patán, si eso quieres. Tíldame de basura; pero simplemente es algo que no puedo comprender…
Meneé la cabeza.
—No te diré nada de eso. De hecho comprendo tu escepticismo sobre todo esto ya que no lo ves como una situación corriente. Pero te sorprenderías si supieses cuantas personas que padecen el autismo de alto rendimiento, suelen casarse y llevar una vida relativamente normal. El problema radica en los estigmas sociales que se han creado en torno a ellos como si fuesen unos imposibilitados, y que por su condición fuesen incapaces de sentir afecto o apego a alguien o  algo. Lo cual es totalmente absurdo. Deberías documentarte sobre las grandes personalidades que padecen la enfermedad. De hecho, te puedo mencionar a una paciente de autismo que aunque era incapaz de tolerar el contacto físico, se convirtió en parte de su propia terapia. Temple Grandin se doctoró en ciencia animal en la Universidad de Illinois, y desde pequeña no soportó que la abrazaran, y basada en sus vivencias de adolescente en la granja de un familiar diseñó una máquina que le permitía controlar la presión y la duración del abrazo. Y todo esto pasó porque ella sentía que “necesitaba” esa caricia pero su condición le hacía rechazarla.
Se quedó mirándome estupefacto por unos segundos antes de que una pena de otra índole embargara su mirada.
—Yo nunca he dicho que lo viese como un discapacitado.—claramente se trataba de explicar pero lo interrumpí.
—…Así que has estado preguntándote lo que vi en tu hermano, seguramente. Pues te digo que he descubierto a un hombre fuerte y decidido que cada día lucha para salir adelante. Lo que para nosotros es sumamente sencillo, a él le cuesta el doble y hasta el triple de esfuerzo; más aún así, nunca le he escuchado decir “no puedo”. En resumen, son un montón de cualidades aunadas a esa perseverancia tan propia de él, lo que me han atraído hacia Edward.
—Eso solo me indica que puedes tenerle cariño y admiración. No niego que les has tomado cariño…
Lo miré con firmeza cuando di dos pasos hacia el frente y con esto detuve su errática caminata.
—Emmett, yo “deseo” a tu hermano como lo haría con cualquier otro hombre con quien quisiese tener una relación. Y antes de que me lo vayas a preguntar, sexualmente también.—sentí el sonrojo delator coloreando mis mejillas, pero aún así proseguí con la fuerza interna que me impulsaba a dejarle las cosas claras de una vez por todas.—Entiendo que Edward aún no esté preparado para enfrentar esa etapa. Pero ya luego habrá tiempo para hacerle frente a esas cosas.
Respingó al escucharme hablar y antes de proseguir tragó con fuerza el nudo de incomodidad que tenía en la garganta.
—Tú…Edward…¿ustedes se han besado?
Con una vergüenza que me hacía parecer una adolescente, asentí. Como si me hubiesen pillado con las manos en la masa.
—¿Y cómo respondió?
No pude resistirme al impulso de sonreír como una tonta.
—Bastante bien en realidad. Al principio hubo un poco de conmoción, pero luego se le dio bastante fácil y…hasta natural.
Se metió los dedos entre su cabello que era quizá demasiado corto para ese gesto de exasperación, luego se aproximó bastante hacia mí. De hecho, pude sentir el leve temblor de su cuerpo y oler la fresca fragancia de Cool Water* mientras que su gran tamaño se cernía sobre mí de manera sobrecogedora e intimidante. Sus ojos eran un par de nubes grises azuladas que presagiaban tormenta; demasiado parecidas a las de su hermano pero sin esa inocencia tan característica de él.
Sorprendentemente, las lágrimas amenazaban con brotar de sus orbes ante cualquier movimiento en falso; o en este caso palabra.
—Yo…yo amo a Edward, Isabella. Puede que no sepa cómo expresarlo con palabras o que no lo demuestre todos los días; pero te juro que jamás en la vida lo he considerado un discapacitado. O demente…—sus palabras denotaban una tristeza y cierto desespero, que no pude evitar dejarme invadir por una ternura hacia él. También sufría por mi ángel, aunque como hombre y heredero del apellido Cullen se sentía obligado a encerrar sus sentimientos dentro una barrera de frialdad inquebrantable. Pero esta se estaba rompiendo…
Acuné su rostro entre mis manos en un gesto protector que pareció sobresaltarlo un poco al principio pero al final terminó recargando su cabeza en mi toque.
—Lo sé, Emmett y te entiendo. Nunca te creí capaz de menospreciar a tu hermano, solo quería que comprendieses mi punto de vista; a veces ni siquiera nosotros los especialistas comprendemos ciertas conductas que presentan los autistas.
—¡Y lo comprendo! Es solo que creo que te has precipitado un poco con él. Pienso que a lo mejor haz confundido tus sentimientos por Edward; y eso no tiene nada de malo. A cualquiera le puede suceder. A lo mejor si saliéramos una vez más…
—Emmett…
Rodeó mis manos con las suyas, reteniéndolas en el lugar en donde estaban.
—¡Salgamos, Bella! La pasamos muy bien cuando salimos la vez pasada. Y a lo mejor verías las cosas un poco diferentes si tenemos una segunda cita…
—No. —dije rotundamente.
La respuesta tajante vino desde un muy cabreado Edward, que estaba parado dos pasos antes de cruzar el umbral de la puerta. Rosalie miraba la situación con incómoda confusión de hito en hito; mientras que con una de sus manos estrechaba el antebrazo de mi ángel.
La mirada intensa de Edward se fijó en mis manos que seguían congeladas aferrando el descolocado rostro de su hermano. No hace falta decir que bajé los brazos de golpe.
—No quiero que vayas con él a una cita, Bella. No – quiero – que – vayas. — puntualizó entre dientes.


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2 comentarios:

dracullen dijo...

WOW CELOCITO MI EDWARD, ME ENCANTA ESTA HISTORIOA, EN VERDAD DEJAS CON GANAS DE SEGUIR LEYENDO, ESPERO LEERTE PRONTO, SALUDOS :D

* Marie Kikis Matthew * dijo...

Hola, Dore...recuerda que esta la encuentras en mi blog personal, cielo.

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